Sobre el habla de Totana
Acostumbrados a ver cómo la ignorancia, algunas veces rayana en la carencia de ilustración, el desinterés, el desamor por las cosas viejas de los pueblos y toda esa suerte de maleficio o mal fario que pesa sobre algunos vestigios del patrimonio, se lleva por delante rincones, huellas y ornatos que durante luengos años formaron parte de la peculiar fisonomía de nuestro pueblo, resulta estimulante y muy de celebrar el que aparezca sin previo aviso una joya que durante cuarenta años se encontraba durmiendo el sueño de los justos, a la espera del santo advenimiento. Es lo que ha sucedido con la publicación del libro titulado “Contribución al estudio del habla local en Totana y su comarca”, de la que fue profesora del Instituto Laboral Dolores Rodríguez, obra que acaba de aparecer para proporcionarnos ese milagro de los testimonios totaneros recuperados, gracias sean dadas a Dios y a las personas de buen criterio.
Al arriba firmante, que gusta de las parlas y cálidos verbos populares rebosantes de dichos, ocurrencias, ingeniosidades y palabrerío llano, le parece una excelente noticia que tras, casi medio siglo de silencio y retiro espiritual en algún cajón o estantería libresca, se le obsequie al pueblo de Totana con un libro que nos presenta el modo de hablar de sus gentes por los años 60, recogiendo la cultura popular totanera a través de la expresión coloquial y cotidiana del siglo XX.
La ventaja que tienen las palabras frente a las piedras es que las primeras pueden guardarse de muy diversa forma y nadie puede derribarlas impunemente, como les pasa a las piedras, invocando la modernidad, el desdén por lo que se considera viejo e inútil, muy afín a la cultura del ladrillo, como sucedió en Totana, por orden de acoso y derribo, con el edificio de la Encomienda –Casa Tercia- del siglo XVIII; la Plaza de Abastos, de los años 50, el pilar o abrevadero de la rambla, originario de mediados del siglo XVI; el lavadero municipal, de los años 20, o la ermita de los Santos Médicos, de finales del XVII, a cambio de nuestra hermosa Cárcel de Partido, que, por fortuna, ha sido respetada; y otros edificios que hoy serían intocables.
Este libro de nuestras palabras y de nuestro lenguaje nos invita a un largo paseo por muchos aspectos de la realidad social, costumbres y tradiciones de una Totana reflejada fielmente en estos testimonios que, en su conjunto, nos proporciona un panorama antropológico de enorme interés.
Entonces, un trueno era un esclavejío, las tormentas eran nubes malas, a la sién se le llamaba semejante sitio, estar ajiñao era tener mala salud, uno se hirmaba en vez de apoyarse, a los niños se les reventaban las narices, en la cabeza le daban a uno un cascaretazo, mientras un setazo era un picotazo, los zagales éramos mu vergonzucios, a una persona sucia se le llamaba marrandonga, a los demasiados adornos, arripámpanos, si ibas de estreno te decían que ibas de guapo, si te dabas un golpe en el suelo te habías dado un costalazo, mientras si te lo daban en la cabeza era un cascaretazo, si eras muy delgado es que estabas espirituao, y te decían látigo si eras de gran estatura, a una conversación pesada se le llamaba follaera, al robar lo conocían como cinco y la uña, a un niño soplón lo llamaban acuseta, a una persona sosa, sinfuste, y al que iba muy manchado chorretoso.
Las expresiones salpican los momentos, los lugares, las actividades y las personas de todo nuestro entorno. La lista se haría interminable pero citemos algunos ejemplos: comer a recalpaparra (hartarse), hacerse el longuis (el distraído), el baratillo del Tío Morrongo (un puro desorden) las diecisiete maneras de pedir un vaso de vino, el vestido de cristianar (el del bautizo), avisar a la misa (de difuntos, de vecina a vecina)… En fin, centenares de voces que, a modo de máquina del tiempo, nos devuelven a épocas y momentos pasados donde la palabra es la pura esencia.
Por muchas razones recomiendo este libro a mis lectores, puesto que se trata de una parte muy íntima de nuestro pueblo y de sus gentes de toda condición, llegado en un momento en el que nos estamos acostumbrando a ver desaparecer muchas cosas que forman parte del patrimonio común de los totaneros. En este contexto es una suerte encontrarnos con los alpargates de cara chica, el consuelo del Tío Palizas, expresiones como almorzar para todo el día, poner las cosas en rilá, comer garguerías, ir de pindingui, sacar de suelo o llamar al cónyuge requemasangres.
Ginés Rosa
Artículos:
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La desmemoria histórica
Política y gastronomía
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Ideas para el verano, con permiso
La autovía
Y ahora , ¿qué?
Adiós a nuestras señas de identidad
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Inmigrantes, ciudadanos de la UE y elecciones
50 años de El último cuplé
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Totana en primavera
Los "1000 euristas"
Este país
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Cosas de la Semana Santa de mi pueblo
Algo más que una fecha
Borrón y cuenta nueva
Carta ciudadana a los Reyes Magos
El roscón de Totana
Navidad: de la capaza al carrito
Los “guardias” se trasladan
Deporte para todos, como el agua
La vendimia en el recuerdo
Sobre el habla de Totana
Totana internacional
Los puntos del carné
Plaza "la Constitución"
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¡A todo gas!
Santa Eulalia, de convenio
La alfarería, en peligro
Nostalgia de las tabernas
Las calles de los generales
Totana y sus ciudades hermanas
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