Paso la palabra. Para meditar cada día: 4/4/2026
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo: - Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él. Jesús le contestó: - Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le pregunta: - ¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? Jesús le contestó: - Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. (Juan 3,1-8). 1 Nicodemo era fariseo y miembro del Sanedrín. Persona notable, por tanto. Era un judío sincero, de buena voluntad. Le han impresionado las enseñanzas y obras de Jesús. Se pregunta quién es ese hombre. Diríamos que tiene una fe incipiente; pero no termina de dar el salto a la luz, a creer en Jesús como Mesías. Un día se fue a verle y a hablar con él, para conocerle mejor. Pero va por la noche, porque teme lo que podían decir sus amigos fariseos y del Consejo... Señor, Nicodemo somos muchos. Ante tu persona y tu mensaje, nos sentimos impresionados, interpelados. Y empezamos a buscarte; pero, como Nicodemo, vamos “por la noche”, o sea, a escondidas, por miedo a lo que puedan pensar o decir los demás, los amigos. Qué cobardes somos muchas veces; no nos atrevemos a dar, abiertamente, el salto a la fe en ti, Señor, y a comprometernos en serio. Creemos, cumplimos, pero… “sin exagerar”, sin llamar mucho la atención. 2 Dicen los comentaristas que este episodio de Nicodemo es una catequesis sobre el bautismo. Hoy, meditando este pasaje, recordemos el nuestro. A Nicodemo el Señor le dijo: “Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios”. Para encontrar el Reino de Dios que anuncia Jesús, y que busca Nicodemo, es preciso nacer de nuevo: no basta cumplir unas normas, hay que romper con el pasado, con las antiguas seguridades, y abrirse a la vida nueva del Espíritu que Jesús le propone: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.” Nosotros nacimos a esa vida nueva en las aguas bautismales, en ellas fue ahogada nuestra vieja vida de pecado, una “vida sin Vida”, y el Espíritu nos comunicó la misma Vida del Resucitado. De modo que el bautizado es aquel en quien vive el mismo Cristo. En la noche de Pascua, nosotros renovamos las promesas del bautismo. Pero ¿se ha quedado en sólo un rito vacío más, o ha sido un compromiso serio de vivir la vida nueva de resucitados? ¿Alimentamos esa vida con la oración, la escucha y meditación de la Palabra, y la eucaristía, para que la vida y las obras del Resucitado aparezcan cada vez más en nosotros? ¡Qué triste, Señor, si no es así! 3 Hoy, Señor, quiero darte gracias por el don del Bautismo. Te pido que este tiempo de Pascua sea para mí tiempo de renovación, de renacer, de revivir la gracia bautismal. Que el Espíritu Santo me fortalezca día a día. Porque ¡soy tan débil y son tantas las invitaciones a “despojarme” de la vida nueva del Espíritu y volver a “vestirme” otra vez de la vieja vida de pecado, de vivir “carnalmente”, como quien “ha nacido de la carne” y no “del Espíritu”...! Sí, Señor, dame tu Espíritu, que cada día me recree a la vida de Dios. Que el viento de tu Espíritu sople fuerte sobre mí y me empuje a vivir como hijo de Dios, contra todos los vientos contrarios que quieren impedírmelo.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
4/4/2026
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