Nos estamos consumiendo
En el transcurso de los tiempos ha habido largos periodos que se han caracterizado por aspectos que siempre han supuesto un avance con respecto a la dominante anterior: por no remontarnos más, el feudalismo, la revolución industrial, las revoluciones burguesas, la era del ferrocarril, la de las telecomunicaciones… Ahora nos toca desenvolvernos en la era del consumo más desaforado que ha conocido la historia. Jamás se ha consumido tanto y se ha derrochado tanto. Pero se trata de un consumo que va más allá de lo que tradicionalmente entendemos por esa palabra y se extiende a actitudes, modas, costumbres, formas culturales, actos sociales, en fin, a todo lo que está a nuestro alcance y bajo cualquier forma física o abstracta.
Consumo no sólo es tragarnos casi todo lo que nos ametrallan desde los medios de comunicación, que, a fuerza de insistir, han conseguido hacer del consumidor un férreo adepto a las marcas y a muchos objetos inútiles, sino meterse en la dinámica de una forma de comportamiento social por activa y por pasiva. La fiebre consumista ha introducido poco a poco y uno tras otro iconos y mensajes gráficos de todo tipo que hoy se han convertido en prototipos que marcan lo que llamaríamos el status del consumidor moderno. El consumo se identifica así con un extenso código de simbología comercial que obliga al consumidor a no salirse de ese círculo tan estratégicamente diseñado.
En este enorme bloque consumista todo vale: un tatuaje en el ombligo, una colonia cargada de erotismo y fascinación, coches que vuelan o que van a velocidades que son las causantes del mayor número de accidentes y muertes en nuestras carreteras; comprar patés o fuagrases, que suena, huele y sabe a finolis y ocupan poco sitio en el frigorífico, llevar a los nenes a Disney World a atiborrarse de cultura a la americana; poner a los hijos los nombres de los personajes de las telenovelas, comprar una enciclopedia de 18 tomos de las sectas secretas y judeo-masónicas, de lomos rojos y letras doradas, para colocar en el aparador; un viaje al Caribe para bañarse en playas con tiburones aleteando y la copa de piña colada siempre a punto, como tratan de seducirnos los anuncios de la tele.
Antes la gente apenas si tiraba cosas o se deshacía de los trastos, un concepto de dudosa existencia por entonces. Hoy vemos junto a los contenedores todo un catálogo de mobiliario (de hogar y de oficina, a elegir), donde no falta un sofá todavía perfectamente útil para hispánicas siestas frente a la tele, pues ahora, como se han puesto los jornales y ese sutil concepto de “desplazamiento”, vale más el barniz que el santo. Y si de papel hablamos, qué les voy a contar a ustedes. Décadas atrás las revistas (las pocas que había) duraban en casa años, hasta que se subían a la cámara, donde seguían durando. Hoy están los contenedores y alrededores a rebosar de papel cuché con fotos de todos los líos que se organizan (nunca mejor dicho) con esa troupe que llaman famosos, penosa hermandad que con los “investigadores” de turno tienen por sublime misión rebajar la condición humana y meterle al televidente en el magín una cultura que está embotando a buena parte del país, dicho sea respetando la libertad del personal a embotarse como le venga en gana con esta forma de consumo.
¿Y si nos referimos a las bodas? Yo creo que, después del ladrillo, es nuestra industria más boyante. Hoy a una boda se asiste de riguroso estreno de arriba abajo. Y se ven unos modelitos que parecen salidos del “Hola”, y se tira arroz que ya hubiesen querido pillarlo en otros tiempos para hacer un caldo, con el consiguiente cabreo del cura, que le dejan la cancela y la puerta de la iglesia como un campo de gramíneas… Y ya no nos pasan las listas de boda, que eran muy socorridas y han pasado a la historia sentimental de la cacharrería hogareña: el “tu y yo”, los vasos de güisqui revestidos de cuero, el sacacorchos de tres kilos, las bandejas de todos los tamaños y usos. ¡Benditos regalos que nos llenaron el aparador, algunos cajones de la cocina y todavía quedaban algunos sin desenliar, que al cabo de los años se llevaría alguna de las hijas! Ahora te endilgan los 20 dígitos de una entidad bancaria y a ingresar se ha dicho. Así que ni te enteras de adonde han ido a parar tus euros de regalo, ni falta que hace.
Consumir está bien, ya lo creo, que para eso las pasamos bien canutas en la más larga posguerra de Europa occidental, hasta que llegó el “600”, el pollo los domingos, el vermú con patatas y la minifalda. Quizás un poco de moderación no nos vendría mal para no acabar consumiéndonos nosotros mismos.
Ginés Rosa
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